15 julio 2014

El Precio del Silencio

El Precio del Silencio
Ensayo escrito por Héctor Téllez



“Al poco tiempo, muchos se darán cuenta
de la verdad, aún si ésta ha sido callada…”
Héctor Téllez

Muchos ya sabrán que, al confesarse en la iglesia, el padre o sacerdote tiene la obligación de escuchar al confesor y guardar el secreto. Básicamente escuchar y no contar la historia o el pecado de la persona que se confesó.  Esto para que el testimonio permanezca resguardado en la casa de Dios y más que nada para que el pecador se arrepienta de sus cometidos pero que su confesión sea respetada y sin juicios (Departamento de Desarrollo Ministerial de la Iglesia del Nazareno, Kansas City, Mo USA. ⪡Ética Pastoral⪢. Seminario Reina Valera. Web. Año de publicación desconocido.). Es parecido a confesar un crimen ante un tribunal, pero la única diferencia es que en el confesionario, no te pueden llevar a la cárcel por tus cometidos, sino simplemente desahogar tus penas, arrepentirse de tus hechos y esperar el perdón de Dios. (Moore, Shelley. ⪡Tipos de dilemas éticos para los psicólogos⪢. eHow en Español. Web. Fecha de publicación desconocida.)

Es simple el código de los confesionarios y de la Iglesia en sí, pero, ¿qué pasaría si este código de confidencialidad se pusiera a prueba? ¿El padre o la iglesia se verían obligados a romper el silencio? ¿O simplemente se quedarían callados aun sabiendo que si no hablan lo que sigue será peor?

En la página de internet “catholic.net” pone en claro que el sigilo sacramental es inviolable sin ninguna excepción, aún si el confesionario ha cometido o cometerá algún crimen. “El Código de Derecho Canónico, canon 983,1 dice: «El sigilo sacramental es inviolable; por lo cual está terminantemente prohibido al confesor descubrir al penitente, de palabra o de cualquier otro modo, y por ningún motivo”.

Durante la investigación con respecto a este tema, no se encontraron evidencias claras o contundentes que pongan en jaque alguna violación al protocolo de sigilo sacramental por parte de alguna autoridad de la iglesia, ya sea padre, sacerdote o cardenal, debido a esto, pongamos un caso, obviamente ficticio pero que podría pasar sino es que ya ha pasado. Joaquín Baltazar es un hombre que ha robado, matado y secuestrado a muchas personas, lo hace por necesidad ya que tiene que mantener  a sus cuatro hijos y a su esposa. Es miembro de un cartel de narcotraficantes. Pero un día se ve involucrado en un dilema, ¿matar o no matar a un hombre inocente que no le ha hecho nada a él y que simplemente lo mataría para obtener su dinero? Esto sucedió ya que, al irrumpir en una casa, se encontró con la sorpresa de que la persona que iba a matar era un hombre de familia, con hijos y esposa, así como Baltazar. Decide no matarlo y salir corriendo de la casa.

Nunca le había temblado la mano al apuntarle a una persona con su arma.
Confundido, decidió ir a la iglesia, a confesar lo que ha hecho y por qué había podido matar a ese hombre.

Al llegar al confesionario, le cuenta toda su historia al padre. Éste, obviamente, se queda sorprendido por todas las atrocidades que Joaquín ha realizado y piensa realizar. No tiene respuesta alguna ni sabe si será perdonado por Dios, pero el padre tiene fe de que este hombre recapacitará y abandonará ese oficio que sólo perjudica más que beneficiar a alguien. 

Joaquín solo buscaba respuesta para su duda ante el acontecimiento previo.
El padre tiene la obligación de callar, de no contarle a nadie la historia del sicario, entiende un poco la situación ya que trata de ayudar a su familia y no hay otra opción para este hombre, sin embargo también piensa en las vidas inocentes que este hombre ha arrebatado y que con denunciarlo ante la policía podría salvar a más personas de las que Joaquín quiere salvar.

El dilema es bastante obvio. Callar por tener fe y entender la situación de Joaquín por salvar a su familia o hablar y salvar más vidas inocentes.

El principio ético de no matar está siendo sobrepasado por este sicario, pero también se sobrepone el principio ético universal de proteger a las generaciones futuras. Y con respecto al padre, su ética religiosa de callar por el pecador está poniéndose a prueba con este hombre.

Es difícil abarcar este tema y encontrar una solución, ya que un factor que está siendo decisivo para poner trabas a la situación es la religión. La religión y la ética son, por así decirlo, como el agua y el aceite. Pueden estar juntos en la sociedad, pero muy difícilmente se involucrarán el uno con el otro.  Ya que aunque se trate de persuadir a una persona religiosa de que la única salvación es que un doctor la salve, están obstinados es que Dios es el único que decide si vivirá o no.

Porque, poniendo sobre la mesa los principios éticos y los factores que se involucran, es claro que Joaquín tendría que enfrentar sus consecuencias. Se podría entender que lo hace para un beneficio suyo (egoísmo ético, que consiste en buscar el propio bien, nos dice que ser egoístas está bien) que es la de salvar y proteger a su familia llevando pan a la casa. Pero por el otro lado, Joaquín está matando y perjudicando, igual al secuestrar o robar, la vida de muchas personas inocentes.

El padre, criado bajo las enseñanzas de Dios, no confesará los crímenes que el sicario le platicó, ya que la religión se impone sobre la ética. Pero si el padre viera con detenimiento las dos partes anteriormente mencionadas, se daría cuenta de que no puede quedarse callado, tendrá que romper el silencio y llevar a Joaquín ante la justicia. Así también salvará varias vidas más. Pero vuelve a entrar el tema religioso; la iglesia no perdonaría esta falta por parte del padre. Está rompiendo una ley elemental de la iglesia y sería excomulgado.

Una cosa por otra. ¿Vale la pena ser expulsado de la iglesia por salvar la vida de inocentes? ¿Vale la pena callar, permanecer en la iglesia y permitir la muerte de inocentes?

¿Qué tal si este hombre no fuera un sicario y fuera algún terrorista que quiere atacar un centro comercial con una bomba biológica? ¿El padre callaría?

Son varios factores que ponen en duda la eficacia de la ética al igual que la imparcialidad de la iglesia. Uno como persona no dudaría un momento en hablar y detener a estas personas que sólo le hacen un daño a la sociedad.

 Pero no seamos tan crueles, ¿y si el terrorista hace ese ataque porque la constructora del centro comercial es corrupta y demolió varias casas, entre ellas la del terrorista, para poder construir sobre ellas? ¿Hablaríamos? ¿Lo detendríamos?

Vuelvo a señalar, para resolver estos problemas se tiene que ver las dos caras de la situación y encontrar una solución que sea benéfica para ambos lados. Por ejemplo, el padre podría persuadir que Joaquín debe de dejar de cometer esos crímenes y aceptar su culpa ante la ley, así tal vez su familia reciba algún apoyo por parte del gobierno mientras él está en la cárcel. O el terrorista, se puede buscar el apoyo de abogados y comunidades en general para que se clausure el centro comercial. Así ni el terrorista ni las personas en la plaza se verán afectadas y el padre no habría roto su código de confidencialidad. Beneficios para ambos.

Ahora, si aplicáramos el utilitarismo en este caso, nos veríamos envueltos en un dilema ético aún más grande. ¿Qué tiene de malo matar a unas cuantas personas por el bien de otras?

El utilitarismo se basa en los actos y no en la intención. Además, el placer es el único bien absolutamente moral y los actos que conlleven dolor son malos, al contrario de los actos que conlleven felicidad, esos son considerados buenos (Migallón Granados, Sergio Sánchez. “Utilitarismo”. Philosophica, Enciclopedia filosófica online. Web. 2012) . Sin embargo, esto se pone a prueba cuando se involucra la vida y la muerte. En este caso, matar para sobrevivir.  Se podría decir que Joaquín está haciendo un bien, ya que está llevando comida y dinero a su casa y para su familia, es un acto que conlleva felicidad, pero también conlleva dolor para las personas que son asesinadas. Aquí el utilitarismo se contradice de una manera bastante considerable. Y otro punto que señala el utilitarismo, es que busca la mayor felicidad posible para el mundo. ¿Y si esa felicidad conlleva el sacrificio de unos cuantos? Esta pregunta lleva tonos macabros, pero, ¿el utilitarismo no se basa en la felicidad absoluta?

Pensando esto y reflexionando, el padre podría llegar a la conclusión certera y justa, de que romper el sigilo sacramental sería lo más correcto. Considerando la imparcialidad, la justicia y el bien común.

Pero ahora, pongámonos en el lugar del padre, ¿ustedes qué harían? ¿Hablarían y se arriesgarían a ser expulsados de la iglesia para salvar la vida de inocentes? ¿O callarían para conservar los privilegios de ser parte de la iglesia así como hogar, comida, poder y dinero?

No obstante, al cabo de algún tiempo, la verdad saldrá a la luz y todo mundo sabrá que alguien pudo haber hecho algo para evitar que pasara el conflicto. Callar solo alarga el procedimiento de la verdad, pero ésta siempre encontrará el modo de salir y darse a conocer, ya sea por accidente o por algún curioso.

No es lo mismo la religión que la iglesia, la iglesia fue creada por el hombre mientras que la religión es un acto de divinidad que algún ser superior implementó en la vida del ser humano. Y dado que la iglesia fue creada por el hombre, ésta tiene errores. Las leyes sacramentales fueron impuestas por hombres, obviamente en algún momento se tendrán que poner a prueba y se dudará sobre su autoridad.

Callar o hablar, esa es la cuestión…